Roma, 13 de septiembre de 2023
El ojo de la Ciudad Eterna
La primera que vez que fui a Roma tenía catorce años, el típico viaje de fin de curso. Luego he vuelto unas cuantas veces más a Italia, pero siempre acompañado y nunca a Roma. Casi cuarenta años después, con los recuerdos ya difusos, decidí volver, esta vez yo solo.
Pensé que, en mis últimos días de vacaciones antes de tomar posesión de mi plaza en el Museo del Prado, nada mejor que irme a la Ciudad Eterna, a perderme y a encontrarme por sus rincones todas las veces que hiciera falta, para poner un punto y aparte, para cerrar un ciclo y abrir el siguiente. Solamente me puse una regla – bueno, dos: disfrutar del viaje sin prisas, pero no esperar colas en ningún sitio.
Es verdad que para entrar a la Basílica de San Pedro esperé un poco (¿cinco, diez minutos?), mientras seguía haciendo fotos de la plaza. Pero cuando vi las interminables filas frente al Panteón, que era uno de los sitios que no quería dejarme sin ver, me quedé horrorizado. Casualmente vi un acceso donde no había nadie esperando, que era la entrada con ticket online. Hacía un par de meses que habían empezado a cobrar por entrar, y mucha gente aún no lo sabía.
De vuelta en el hotel me registré en la web de los Musei Italiani y saqué mi entrada para el día siguiente. A mi hora llegué y pasé sin problema. Lo malo fue al entrar: hordas de visitantes pendientes de hacerse fotos con todo sin mirar nada, y un ruidoso alboroto de niños y mayores alterando la paz que debería haber en ese lugar. Ganas daban de coger un AK-47 y acabar con la mayoría de ese gentío, menos mal que uno no es violento…
Algo a lo que quienes trabajamos en museos y similares nos estamos habituando, a la fuerza y por desgracia, pero a lo que nunca podremos acostumbrarnos, ni llegaremos a entender nunca. No hay más remedio que contar hasta diez, aislarte mentalmente de esa turba que te rodea y tratar de disfrutar en la medida de lo posible del lugar y del momento.
Y para eso, aquí lo mejor es levantar la cabeza y mirar hacia arriba. Hacia esa cúpula prodigiosa que cubre toda la estancia. Te sientes pequeño, observado por ese gran ojo, pero a la vez protegido bajo su esférica solidez y la perfección de su simpleza. Una obra colosal, un milagro técnico que nos sigue acogiendo, y sobrecogiendo, casi dos mil años después de construirse. Nadie ha vuelto a hacer nada igual, por muchas intentos de emularlo que ha habido en estos siglos.
Hasta en el Prado tenemos un homenaje a esa simpar cúpula, y no es casualidad que esté justo sobre la entrada que ha dado acceso al museo desde que abrió sus puertas hace mas de doscientos años. Sin ser tan imponente, siempre me ha dado igualmente esa sensación de grandeza y de protección. Incluso en los oscuros tiempos de la aún reciente pandemia, muchas veces buscaba refugio y cobijo debajo de ella, y de ahí salieron varias fotos que poco después formarían parte de una exposición para celebrar el segundo centenario de la inauguración de nuestro museo.
Pero eso ya es otra historia…






